Peligrosa dependencia externa

Por Vanir Zanatta, presidente de la Ocesc

01.04.2026 | 14:05 (UTC -3)

Las guerras entre Rusia y Ucrania, y entre Estados Unidos e Israel contra Irán, constituyen una crisis que revela facetas inéditas de la realidad y exige una reflexión estratégica. Sus efectos trascienden el ámbito militar e impactan profundamente la seguridad alimentaria mundial. Para Brasil, potencia agrícola de dimensiones planetarias, la inestabilidad internacional pone de manifiesto una vulnerabilidad estructural: la dependencia externa de fertilizantes y diésel.

Más del 80% de los insumos utilizados en la agricultura brasileña provienen del extranjero. El país importa más de 40 millones de toneladas anuales y se ubica como el cuarto mayor consumidor mundial, después de China, India y Estados Unidos. El potasio, el calcio y el nitrógeno constituyen la base nutricional de los cultivos, mientras que la soja absorbe más del 40% del volumen aplicado. Esta dependencia, tolerada durante décadas debido a los costos y la conveniencia económica, se ha convertido en un factor de riesgo en un escenario de interrupciones logísticas, sanciones comerciales y volatilidad de precios.

El aumento vertiginoso del costo de los insumos, agravado por la escasez mundial, obliga a los agricultores a tomar decisiones difíciles. La tendencia a reducir el uso de fertilizantes compromete la productividad y tiene un impacto directo en el suministro de alimentos. Al mismo tiempo, el alza de los precios del petróleo presiona el costo del diésel, esencial para el funcionamiento de la maquinaria agrícola, mientras que el transporte marítimo enfrenta mayores costos de flete y restricciones a la navegación. El resultado es un ciclo de aumento de costos que afecta a toda la cadena de producción e inevitablemente recae sobre el consumidor.

Santa Catarina ya está experimentando estos efectos. La necesidad anual de aproximadamente 500 000 toneladas de fertilizante para cultivar 1,4 millones de hectáreas pone de manifiesto la magnitud del desafío. Cultivos como la soja, el maíz, el arroz y el trigo, así como la producción de frutas y hortalizas, dependen directamente de estos insumos para que la producción sea viable en suelos con baja fertilidad natural.

La contradicción brasileña radica en que posee abundancia de materias primas, como gas natural, rocas fosfáticas y reservas de potasio en Sergipe y Amazonas, y aun así no logra alcanzar la competitividad industrial. La desindustrialización y la histórica falta de prioridad estratégica para el sector han consolidado la dependencia externa.

Ante este panorama, la búsqueda de la autosuficiencia deja de ser una aspiración y se convierte en una necesidad y prioridad nacional. El Plan Nacional de Fertilizantes representa un paso significativo al establecer el objetivo de reducir la dependencia para 2050. Iniciativas como el Programa de Desarrollo de la Industria de Fertilizantes, mediante incentivos fiscales, señalan una posible vía para revertir esta debilidad estructural.

OCESC sostiene que Brasil debe reestructurar su política de fertilizantes con una visión a largo plazo, integrando la producción nacional, la innovación tecnológica y prácticas de manejo que promuevan la recuperación y la eficiencia del suelo. La seguridad en el suministro de estos insumos es una condición indispensable para la soberanía alimentaria, la estabilidad económica y la protección del consumidor.

Las crisis internacionales no pueden considerarse simplemente una amenaza, sino un impulso para la toma de decisiones estratégicas. Brasil cuenta con las condiciones para transformar la vulnerabilidad en fortaleza. La agricultura nacional, pilar de la economía, requiere una base sólida que no dependa de factores externos impredecibles.

Compartir

Newsletter Cultivar

Reciba las últimas noticias sobre agricultura en su correo electrónico

acceder al grupo de whatsapp