Crisis crediticia agrava riesgos para productores rurales.
Por José Zeferino Pedrozo, presidente de Faesc y Senar/SC
La etiqueta "orgánico" se ha convertido en sinónimo de salud, sostenibilidad y equidad para el productor. Pero al analizar las cifras, la situación se vuelve mucho más compleja.
Hoy en día, el mercado mundial de alimentos y bebidas orgánicos alcanza un valor de entre 230 000 y 260 000 millones de dólares anuales y podría superar los 600 000 millones, llegando, en algunos escenarios, a cerca de un billón de dólares en la próxima década. En Estados Unidos, las ventas de productos orgánicos certificados ya superan los 70 000 millones de dólares anuales, en un universo de más de 40 000 explotaciones agrícolas y empresas certificadas.
Este tamaño tiene un precio consistentemente superior. Una encuesta reciente, basada en datos del USDA, muestra que las frutas y verduras orgánicas cuestan, en promedio, un 52,6 % más que las convencionales. En la mitad de los artículos, el margen de beneficio es de al menos el 50 %; en algunos casos, como el de la lechuga iceberg, llega a casi el 180 %. La etiqueta no es solo una elección de estilo de vida: es un gran negocio.
Donde existen primas elevadas, largas cadenas de suministro y una supervisión limitada, existe margen para el fraude. El caso más grande jamás procesado en Estados Unidos involucró a un productor que, entre 2010 y 2017, vendió granos convencionales como orgánicos, generando más de US$140 millones. En 2016, el esquema representó aproximadamente el 7% de todo el maíz orgánico y el 8% de toda la soja orgánica del país. En la Unión Europea, operaciones coordinadas por Europol han encontrado decenas de miles de toneladas de productos con etiquetas orgánicas y evidencia de fraude, con incautaciones y reclasificaciones a gran escala.
Incluso fuera de los grandes escándalos, el sistema está bajo presión: solo en 2022, casi 1.000 operaciones en 55 países perdieron su certificación orgánica debido a suspensión o revocación, incluidas 452 en Estados Unidos y 39 en Brasil, según el Programa Orgánico Nacional (NOP) del USDA.
Es en este contexto que el libro del periodista Peter Laufer, "Orgánico: La búsqueda de un periodista para descubrir la verdad detrás del etiquetado de los alimentos", cobra mayor relevancia. Al seguir la pista de los productos "orgánicos" en países como Bolivia, Túnez, Costa Rica y Austria, Laufer muestra cómo, en largas cadenas de suministro, el consumidor llega a depender casi exclusivamente de documentos y etiquetas, sin ver lo que realmente sucede en el campo.
La pregunta entonces deja de ser simplemente "¿orgánico o convencional?" y pasa a ser: ¿quién lo produce, cómo se produce y quién obtiene las ganancias cuando pago más?
La producción local y regional, con buenas prácticas, transparencia y menos intermediarios, suele ofrecer mayor consistencia que un producto orgánico costoso y opaco. Esto no significa que los productos orgánicos sean "inútiles"; al contrario: el sector ha logrado avances reales en concienciación, regulación y prácticas de campo. Pero el propio éxito de la etiqueta demuestra que es hora de dar el siguiente paso.
Una etiqueta es importante, pero no suficiente. Si queremos que "orgánico" siga representando confianza, y no solo marketing, necesitaremos más transparencia por producto, por finca y a lo largo de toda la cadena de suministro. Y necesitamos un consumidor dispuesto a ver más allá de la etiqueta, a comprender quién lo produce, cómo se produce y quién obtiene el valor cuando paga más.
Dado que aún carecemos de información completa y estandarizada, los consumidores deben ir más allá de las etiquetas y los sellos: deben buscar marcas que muestren el origen, los métodos de producción, quién produce el producto y qué estándares sigue. Cuando falta esta información, es lógico priorizar los productos regionales o nacionales con cadenas de suministro más cortas. Al final, muchas personas siguen pagando mucho más por un sello que por la transparencia. Para la industria alimentaria, el mensaje es similar: no basta con cumplir la ley y tener una certificación. Es hora de contar mejor su propia historia, de mostrar el origen, las prácticas y las personas detrás del producto.
Más que elegir entre orgánico o convencional, los consumidores necesitan optar por la transparencia, y la industria necesita aprender a comunicarla. Al final, lo que importa no es el adjetivo en la etiqueta, sino la verdad que transmite.
*Por Valmir Rodrigues, fundador de My Trusted Source (MyTS)
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