Cultivos forrajeros: la inversión más estratégica para la agricultura moderna.

Por Marcelo Ayres Carvalho, Embrapa Cerrados

21.07.2026 | 15:38 (UTC -3)

En un escenario de altos costos, crédito restringido y márgenes cada vez más reducidos, la eficiencia del sistema de producción se ha vuelto crucial para la sostenibilidad de las propiedades rurales.

Estamos experimentando lo que la economía denomina una "tormenta perfecta": una combinación de precios bajos para los principales productos agrícolas, resultado de cosechas mundiales récord y un mercado de cereales saturado, junto con costos de producción que se mantienen en niveles históricamente altos. El escenario se agrava por las tasas de interés que, si bien muestran una tendencia alcista, aún imponen una carga desproporcionada sobre la deuda y la financiación de los costos de producción agrícola.

En este contexto, las plantas forrajeras dejan de ser un mero componente de la ganadería y adquieren un papel estratégico en la agricultura moderna. Más allá de ser simples cultivos de cobertura, contribuyen a la salud del suelo, reducen los riesgos de producción, aumentan la productividad y fortalecen la rentabilidad de los cultivos, especialmente durante períodos de inestabilidad económica y climática.

Segunda cosecha y costo fijo

Históricamente, la segunda cosecha de cereales (generalmente maíz o sorgo) se ha utilizado para diluir los costos fijos de la explotación agrícola. Sin embargo, en años de crisis financiera e inestabilidad climática, esta estrategia puede convertirse en una trampa peligrosa. Sembrar una segunda cosecha de cereales requiere grandes inversiones en semillas, fertilizantes y pesticidas. Cuando el clima o los precios son desfavorables, la segunda cosecha deja de generar ingresos y se convierte en una carga financiera.

La búsqueda de la eficiencia operativa exige que los productores reconsideren el uso de la tierra. La exposición al riesgo durante los períodos de siembra marginales ha llevado a la adopción de alternativas que requieren menor inversión inicial y ofrecen mayor protección al sistema de producción.

Sin embargo, reducir la dependencia de cultivos de alto riesgo fuera de temporada no significa dejar la tierra en barbecho, lo cual sería un grave error agronómico en el sistema de siembra directa. La opción es adoptar cultivos que preparen el terreno para el cultivo principal a un costo significativamente menor.

Herramientas estratégicas

El cultivo de especies forrajeras, especialmente pastos y leguminosas tropicales, representa una estrategia eficaz para aumentar la resiliencia de los sistemas de producción. A diferencia de los cultivos de grano, el forraje sembrado después de la cosecha de verano actúa como un "seguro biológico". No requiere las mismas inversiones en operaciones agrícolas, insumos y manejo, y ofrece un retorno al sistema que pocas tecnologías pueden superar.

Los cultivos forrajeros ofrecen más que una simple cobertura del suelo. Sus sistemas radiculares promueven la descompactación del suelo, la infiltración de agua, la oxigenación del perfil del suelo, el ciclo de nutrientes, la supresión de malezas, nematodos, plagas y enfermedades, y también favorecen el secuestro de carbono.

En una situación de crisis, donde los productores necesitan sacar el máximo provecho de cada kilogramo de fertilizante aplicado, contar con un suelo sano y bien estructurado es fundamental para evitar pérdidas de productividad y el aumento de los costos de producción.

Evidencia técnica y económica

Estudios científicos demuestran que sustituir los cultivos de grano por cultivos forrajeros mejora el rendimiento del sistema de producción. Las investigaciones han demostrado que la soja cultivada tras la incorporación de cultivos forrajeros presenta un incremento medio del 15 % en la productividad, lo que representa aproximadamente 515 kilogramos por hectárea de rendimiento adicional (o más de 8,5 sacos por hectárea). Este aumento se asocia a una mejora de los bioindicadores de la salud del suelo, con una mayor actividad enzimática y un mejor ciclo de nutrientes.

Desde el punto de vista financiero, el retorno de la inversión (ROI) es bastante significativo. Si bien el costo de establecer un cultivo de cobertura forrajera oscila entre US$9 y US$30 por hectárea en semillas, el retorno financiero derivado únicamente del aumento de la productividad posterior de la soja se estima en US$198 por hectárea.

Ahorro para el suelo

En épocas de insumos costosos, los cultivos forrajeros actúan como reserva de nutrientes. Los cultivares de Brachiaria recuperan potasio y fósforo de las capas más profundas del suelo y los devuelven a la superficie a través de la biomasa. Una vez que el forraje se seca, estos nutrientes se liberan gradualmente, reduciendo la dependencia inmediata de fertilizantes químicos altamente solubles y costosos.

Además, el mantillo persistente sobre el suelo reduce la temperatura de la superficie y retiene la humedad, mitigando los efectos del estrés hídrico, un problema recurrente que ha diezmado los márgenes de beneficio en varias regiones.

El uso de leguminosas forrajeras también contribuye a la mejora de las características físicas y biológicas del suelo, favoreciendo el aporte de nitrógeno al sistema mediante la fijación biológica. Los estudios demuestran que las leguminosas forrajeras pueden fijar entre 50 y más de 250 kilogramos de nitrógeno por hectárea al año.

Pueden utilizarse solas o combinadas con pastos. Los cultivos forrajeros también pueden utilizarse para el pastoreo, diversificando así los ingresos. Estudios realizados en explotaciones agrícolas muestran un aumento del 18 % en la productividad de la soja en zonas de pastoreo.

Esta estrategia mejora la competitividad de los productores brasileños. La sostenibilidad, en este contexto, no es un concepto abstracto, sino una herramienta de resiliencia económica que permite aumentar la producción con menor interferencia externa.

Madurez del sistema

El crecimiento del mercado de semillas forrajeras demuestra que invertir en la salud del suelo reduce los riesgos y aumenta la eficiencia del cultivo principal. La adopción de sistemas integrados —la Integración Cultivo-Ganadera (ICG)— o el uso estratégico de cultivos forrajeros como cultivos de cobertura en la siembra directa evidencia la madurez del sistema de producción brasileño.

El productor que entienda el forraje como una inversión en infraestructura biológica estará, al final de esta crisis, en una posición de liderazgo, con menores costes de producción, suelos más fértiles y una explotación significativamente menos vulnerable a las fluctuaciones climáticas y al mercado de materias primas e insumos.

* Por Marcelo Ayres Carvalho, Embrapa Cerrados

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